
Hace un par de meses que encontré en el Eroski un pastel fluido de chocolate muy parecido al que sirven en muchos restaurantes de postín. La caja traía dos y venían congelados. Los metí en el microondas y ¡oh!, efectivamente, el chocolate caliente de dentro brotaba como un volcán, creando un efecto precioso; el sabor me gustó porque sé que esto tiene un único secreto, que es el buen ingrediente. La parejita de pasteles cuesta tres euros y pico y aproveché para aprovisionarme y servir media docena en la cena de nochevieja, acompañados de helado y quedando como un marqués.
Estas delicatessen para el pueblo las fabrica una tal Casa Eceiza en Guipúzcoa, junto con otras muchas virguerías que ardo en deseos de probar. De hecho he visto que tienen a la venta algunas tartas provocativas que prometen brindar gloriosos momentos de gula en compañía de un Pedro Ximénez o un moscatel. Estos vascos en temas de sabores son invencibles.
De momento pongo el enlace a la web de la casa, pulsando sobre el logo. La empresa está empeñada en demostrar que lo industrial puede ser tan bueno como lo artesano e incluso mucho mejor. Seguro que ya se ha comido algún postre de estos en un restaurante y ha felicitado al cocinero.

Si alguien de la empresa lée esto y necesitan un catador, que sepan que tengo mucho tiempo libre y una amplia capacidad estomacal. Lo cierto es que una carta de postres a base de estas tartas puede ser el desparrame.