
Tras la invasión de los vinagres de Módena en la cocina española, que por cierto nunca son el auténtico y carísimo aceto balsámico, llega el momento de experimentar algunas novedades interesantes más allá del vinagre de Jerez o de sidra.
El vinagre de la foto me lo regalaron y lo abrí enseguida tentado por la originalidad. La primera impresión olfativa no fue precisamente óptima, pues huele como un vinagre corriente de los baratos. Aún así rocié la ensalada con un chorrito a ver si la cosa mejoraba al contactar con las papilas gustativas; efectivamente en boca la cosa es muy diferente a lo que aparenta y el anunciado sabor agridulce irrumpe con una explosión nada agresiva para la lengua.
Normalmente no me gustan los vinos elaborados con uva Muscat pero en el caso del vinagre había que probar para ver si aportaba algo. La respuesta es positiva.
Recomiendo tener siempre en casa una selección de vinagres diferentes para aliños, ya que a los invitados les encanta probar cosas nuevas y diferentes. Lo mismo me parece conveniente para los restaurantes, dejando en el olvido a las vinagreras anónimas sin carnet de identidad.
La botellita en cuestión es de cuarto de litro y anda sobre los tres euros en tiendas. Obviamente dura mucho y no caduca, con lo que el producto va muy sobrado de calidad en relación a su precio. El sabor agridulce no tiene nada que ver con la salsa del mismo nombre que se vende por ahí, ya que aquí predomina lo agrio sobre lo dulce aunque lo último perdura en el posgusto.
El vinagre de Muscat es un producto de Molí de Pomerí.